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lunes, 30 de agosto de 2021

Obama en la Cumbre del Clima de Copenhague de 2009: así lo cuenta (el presidente que quiso ser "macarra")

De sus memorias "Una tierra Prometida" (2020). 

Sobre Obama en este blog:

"Ya se había dicho que el factor clave sería Obama. Y a diferencia de Lula, por ejemplo, que protagonizó la intervención más vibrante de la Cumbre ("Si fuera necesario hacer un mayor sacrificio, Brasil está dispuesto a poner dinero para ayudar a otros países"), a Obama le faltó coraje político. Quizás no se vio con fuerzas de afrontar más de una batalla contra los elementos más reaccionarios de su propio país a la vez: recordemos que estaba en pleno combate por tirar adelante la reforma de la sanidad.

Porque, diagnosticado el problema y teniendo claras las soluciones, lo único que ha faltado es la voluntad para resolverlo. El dinero no es el problema (¡hasta Brasil, desde sus carencias, habría cumplido con su parte, como dijo Lula!). Si, lo dijo Chávez en Copenhague, pero ya lo había dicho hace meses Greenpeace: "Si el planeta fuera un banco, ya lo habrían salvado".

No queda otra que “tirar p'alante”. Del “Acuerdo” de Copenhague nos quedamos con que a final de enero los países desarrollados han de poner negro sobre blanco la reducción de emisiones que plantean para 2020. No les supondrá ningún compromiso vinculante, pero es el momento de seguir presionando para que los números sean presentables (¡no menos de un 30% para 2020 respecto a 1990!) y será el punto de partida para la siguiente COP, la 16, en México a finales del año que entra, a la que se llegará tras el habitual rosario de reuniones preparatorias intermedias. Porque, recordemos una vez más, en Copenhague los “líderes mundiales”(?) han suspendido, y les ha quedado todo para diciembre de 2010, en Ciudad de México."



"Una noche, durante la cena, Malia me preguntó qué iba a hacer respecto a los tigres.

—¿A qué te refieres, cariño?

—Ya sabes que son mi animal favorito, ¿no?

Años antes, durante nuestra visita anual a Hawái por Navidad, mi hermana Maya había llevado a Malia, que tenía entonces cuatro años, al zoológico de Honolulu. Era pequeño pero con encanto, encajado en un rincón del parque Kapiolani, cerca de Diamond Head. De niño pasé horas allí, trepando a los banianos, dando de comer a las palomas que deambulaban por el césped, aullando a los patilargos gibones aupados en lo alto de las cañas de bambú. Durante la visita, Malia se había quedado prendada de uno de los tigres, y su tía le había comprado en la tienda de recuerdos un peluche del gran felino. Tiger tenía las garras regordetas, una panza redonda y una indescifrable sonrisa de Gioconda; Malia y él se hicieron inseparables, aunque para cuando llegamos a la Casa Blanca su pelaje estaba ya algo desgastado tras haber sobrevivido a salpicaduras de comida, haber estado a punto de extraviarse varias veces en casas ajenas, haber pasado más de una vez por la lavadora y haber sufrido un breve secuestro a manos de un primo travieso.

Yo sentía debilidad por Tiger.

—Pues —prosiguió Malia— hice un trabajo sobre los tigres para la escuela, y están perdiendo su hábitat porque la gente tala los bosques. Y la situación va a peor, porque el planeta se está calentando por culpa de la contaminación. Además, la gente los mata y vende su piel, sus huesos y demás. Así que los tigres se están extinguiendo, lo cual sería terrible. Y como eres el presidente, deberías intentar salvarlos.

—Deberías hacer algo, papá —añadió Sasha.

Miré a Michelle, que se encogió de hombros:

—Eres el presidente —dijo.

[…]

El ambiente de nerviosismo que reinaba en el Congreso no era la única razón por la que esperaba tener la legislación sobre topes e intercambios de emisiones a punto para diciembre: ese mismo mes estaba prevista la celebración en Copenhague de una cumbre sobre cambio climático auspiciada por la ONU. Tras ocho años durante los cuales, bajo la presidencia de George W. Bush, Estados Unidos se había ausentado de las negociaciones internacionales en torno al clima, las expectativas en el extranjero estaban por las nubes. Y yo difícilmente podía instar a otros gobiernos a actuar de forma agresiva contra el cambio climático si Estados Unidos no predicaba con el ejemplo. Sabía que tener un proyecto de ley doméstico mejoraría nuestra posición negociadora con otros países y contribuiría a espolear la clase de acción colectiva necesaria para proteger el planeta. Al fin y al cabo, los gases de efecto invernadero no respetan fronteras. Una ley que reduzca las emisiones en un país quizá haga que sus ciudadanos se sientan moralmente superiores, pero si otros países no hacen lo propio la temperatura seguirá subiendo sin más. Así que, mientras Rahm y mi equipo legislativo estaban atareados en los pasillos del Congreso, mi equipo de política exterior y yo buscábamos la manera de recuperar el estatus de Estados Unidos como líder en los esfuerzos climáticos internacionales.

En otros tiempos, nuestro liderazgo en este ámbito prácticamente se había dado por descontado. En 1992, cuando el mundo se reunió en Río de Janeiro en lo que se conoció como la Cumbre de la Tierra, el presidente George H. W. Bush se sumó a representantes de otros ciento cincuenta y tres países en la firma de la Convención Marco de las Naciones Unidas sobre el Cambio Climático, el primer acuerdo global para tratar de estabilizar la concentración de gases de efecto invernadero antes de que esta alcanzase niveles catastróficos. La Administración Clinton enseguida tomó el relevo y trabajó con otros países para traducir los vagos objetivos que se anunciaron en Río en un tratado vinculante. El resultado final, el llamado Protocolo de Kioto, establecía planes detallados para la actuación internacional coordinada, incluidos objetivos específicos de reducción de los gases de efecto invernadero, un sistema global de comercio de carbono similar al de topes e intercambios, y mecanismos de financiación para ayudar a los países pobres a adoptar las energías limpias y proteger bosques que, como la Amazonía, contribuían a neutralizar las emisiones de carbono.

Los ecologistas aclamaron el Protocolo de Kioto como un punto de inflexión en la lucha contra el calentamiento global. En todo el mundo, los países participantes acudieron a sus gobiernos para ratificar el tratado. Pero en Estados Unidos, donde la ratificación de un tratado requiere el voto afirmativo de dos tercios del Senado, el Protocolo de Kioto se topó con un muro infranqueable. En 1997, los republicanos controlaban el Senado, y pocos consideraban el cambio climático un problema real. De hecho, el entonces presidente del Comité del Senado sobre Relaciones Exteriores, el archiconservador Jesse Helms, se enorgullecía de despreciar por igual a los ecologistas, la ONU y los tratados multilaterales. Poderosos demócratas, como el senador por Virginia Occidental Robert Byrd, también se oponían enseguida a cualquier medida que pudiese perjudicar a las industrias de los combustibles fósiles vitales para su estado.

A la vista de ese panorama, el presidente Clinton decidió no remitir el Protocolo de Kioto al Senado para someterlo a votación, sino que optó por retrasar la derrota. Aunque la suerte política de Clinton se recuperaría tras superar el impeachment, el Protocolo de Kioto permaneció guardado en un cajón durante el resto de su presidencia. Cualquier atisbo de esperanza en la posible ratificación del tratado se apagó por completo cuando George W. Bush se impuso a Al Gore en las elecciones de 2000. Todo lo cual explica por qué en 2009, un año después de que el Protocolo de Kioto entrase por fin plenamente en vigor, Estados Unidos era uno de los cinco países que no formaban parte del acuerdo. Los otros cuatro, en ningún orden particular, eran: Andorra y la Ciudad del Vaticano (dos estados tan pequeños, con una población conjunta de en torno a ochenta mil personas, que se les concedió el estatus de «observadores» en lugar de pedirles que se sumasen al tratado); Taiwán (que habría estado encantado de participar pero no podía hacerlo porque los chinos aún rechazaban su estatus como país independiente); y Afganistán (que tenía la razonable excusa de estar desgarrado tras treinta años de ocupación y una sangrienta guerra civil).

«Sabes que la situación ha tocado fondo cuando tus aliados más cercanos creen que tu posición en un asunto es peor que la de Corea del Norte», dijo Ben Rhodes, sacudiendo la cabeza.

Al repasar esta historia, a veces imaginaba un universo paralelo en el que Estados Unidos, sin rival justo después del final de la Guerra Fría, había volcado su inmenso poder y toda su autoridad en el combate contra el cambio climático. Imaginaba la transformación de la red energética mundial y la reducción en el volumen de gases de efecto invernadero que se habría logrado; los beneficios geopolíticos que se habrían derivado de liberarse del abrazo de los petrodólares y las autocracias que esos dólares apuntalaban; la cultura de sostenibilidad que podría haber arraigado tanto en los países desarrollados como en aquellos en desarrollo. Pero mientras me reunía con mi equipo para trazar una estrategia pensada para nuestro universo real, debía reconocer algo que resultaba palmario: incluso ahora que los demócratas controlaban el Senado, no tenía manera de asegurarme los sesenta y siete votos necesarios para ratificar el marco de Kioto existente.

Bastantes dificultades estábamos teniendo para conseguir que el Senado elaborase un proyecto de ley doméstico sobre el clima. Barbara Boxer y John Kerry, el senador demócrata por Massachusetts, llevaban meses redactando una posible legislación, pero habían sido incapaces de encontrar algún par republicano dispuesto a respaldarla con ellos, lo que ponía de manifiesto que era poco probable que el proyecto de ley saliese adelante, y haría necesaria una nueva estrategia más centrista.

Tras perder a John McCain como aliado republicano, volcamos nuestras esperanzas en uno de sus amigos más cercanos en el Senado, Lindsey Graham, de Carolina del Sur. De baja estatura, cara chata y con un leve deje sureño que en un instante podía pasar de amable a amenazante, Graham era conocido como un ferviente halcón en materia de seguridad nacional (miembro, junto con McCain y Lieberman, de los llamados «Three Amigos», que habían sido los máximos impulsores de la guerra de Irak). Graham era inteligente, seductor, sarcástico, carente de escrúpulos, hábil en su relación con los medios, y gracias en parte a la genuina adoración que sentía por McCain, ocasionalmente estaba dispuesto a alejarse de la ortodoxia conservadora, en especial al apoyar la reforma migratoria. Tras haber resultado reelegido para otro periodo de seis años, Graham estaba en condiciones de asumir algún riesgo, y aunque en el pasado nunca había mostrado mucho interés por el cambio climático, parecía atraído por la posibilidad de cubrir el hueco que McCain había dejado y propiciar un importante acuerdo bipartidista. A principios de octubre, se ofreció a contribuir a convencer al puñado de republicanos que necesitábamos para que el Senado aprobase la legislación sobre el clima, pero solo si Lieberman ayudaba a dirigir el proceso y Kerry podía convencer a los ecologistas para que ofreciesen concesiones o subsidios a la industria de la energía nuclear, así como la apertura de más zonas de costa estadounidense a la exploración en busca de petróleo en alta mar.

Tener que depender de Graham no me hacía ninguna gracia. Lo conocía de mi época en el Senado como alguien a quien le gustaba interpretar el papel del conservador serio y sofisticado, que desarmaba a los demócratas y a los periodistas con opiniones tajantes sobre los puntos ciegos de su partido, y ensalzaba la necesidad de que los políticos se liberasen de sus camisas de fuerza ideológicas. Sin embargo, la mayoría de las veces, cuando llegaba el momento de emitir un voto o de adoptar una postura que podría tener un coste político para él, Graham encontraba algún motivo para evitarlo. («¿Sabes cuando al principio de una peli de espías o de atracos te presentan a los integrantes del equipo? —le dije a Rahm—. Pues Lindsey es el tipo que traiciona a todos los demás para salvar el pescuezo.») Pero, siendo realistas, nuestras opciones eran limitadas («A menos que Lincoln y Teddy Roosevelt entren por esa puerta, colega —respondió Rahm—, Graham es todo lo que hay»), y conscientes de que cualquier vinculación estrecha con la Casa Blanca podría espantarlo, decidimos dar a Graham y a los demás proponentes amplio margen para redactar su versión del proyecto de ley, imaginando que más adelante en el proceso podríamos arreglar cualquier disposición problemática.

Entretanto, nos preparábamos para lo que se avecinaba en Copenhague. Con la expiración del Protocolo de Kioto prevista para 2012, desde hacía ya un año se venían desarrollando negociaciones auspiciadas por la ONU para un tratado que le diese continuidad, con el objetivo de alcanzar un acuerdo a tiempo para la cumbre de diciembre. Sin embargo, nosotros no nos inclinábamos por firmar un nuevo tratado que se inspirase en exceso en el original. Mis asesores y yo teníamos dudas sobre el diseño regulatorio del Protocolo de Kioto; en particular, sobre el uso de un concepto conocido como «responsabilidades comunes pero diferenciadas», que hacía recaer la carga de recortar las emisiones de gases de efecto invernadero casi en exclusiva sobre las economías avanzadas y que hacían un uso intensivo de energía, como las de Estados Unidos, la Unión Europea y Japón. En términos de justicia, pedir a los países ricos que hiciesen más que los pobres contra el cambio climático tenía todo el sentido: no solo la acumulación existente de gases de efecto invernadero era en gran medida el resultado de cien años de industrialización en Occidente, sino que la huella de carbono per cápita de los países ricos era mucho mayor que otros. Además, era poco lo que se podía esperar de países como Mali, Haití o Camboya —lugares donde muchísima gente seguía sin tener siquiera el acceso más básico a la electricidad— a la hora de reducir sus ya ínfimas emisiones (y con ello posiblemente ralentizar su crecimiento a corto plazo). A fin de cuentas, estadounidenses y europeos podían lograr efectos mucho más sustanciales con solo subir o bajar unos grados sus termostatos.

El problema era que el Protocolo de Kioto había interpretado que «responsabilidades diferenciadas» significaba que potencias emergentes como China, India y Brasil no tenían ninguna obligación vinculante de reducir sus emisiones. Esto quizá fuese razonable cuando se redactó el protocolo, doce años atrás, antes de que la globalización transformase por completo la economía mundial. Pero en medio de una brutal recesión, y con los estadounidenses ya furiosos por la continua marcha de puestos de trabajo a otros países, un tratado que impusiese restricciones medioambientales a las fábricas domésticas sin pedir una actuación análoga a las que operaban en Shangai o Bangalore no iba a ser aceptable. De hecho, en 2005 China había superado a Estados Unidos en emisiones anuales de dióxido de carbono, y las cifras de India también estaban aumentando.

Y aunque seguía siendo cierto que el ciudadano medio chino o indio consumía una pequeña parte de la energía que utilizaba el estadounidense medio, los expertos preveían que la huella de carbono de esos dos países se multiplicaría por dos en las próximas décadas, a medida que una proporción cada vez mayor de sus más de dos mil millones de habitantes aspirase a las mismas comodidades modernas de las que disfrutaban quienes vivían en los países ricos. Si eso llegaba a suceder, el planeta iba a estar sumergido bajo las aguas con independencia de lo que hiciesen todos los demás países; un argumento que los republicanos (al menos, los que no rechazaban por completo la ciencia climática) solían emplear como excusa para que Estados Unidos no hiciese absolutamente nada.

Necesitábamos una nueva estrategia. Gracias al inestimable asesoramiento de Hillary Clinton y Todd Stern, enviado especial para el cambio climático del Departamento de Estado, mi equipo preparó una propuesta para un acuerdo provisional de menor calado, basada en tres compromisos compartidos. En primer lugar, el acuerdo exigiría que todos los países —incluidas potencias emergentes como China e India— presentasen un plan propio para reducción de gases de efecto invernadero. El plan de cada país podría diferir en función de su riqueza, perfil energético y estadio de desarrollo, y se revisaría a intervalos periódicos a medida que aumentasen las capacidades económicas y tecnológicas de dicho país. En segundo lugar, aunque estos planes no serían de obligado cumpli­miento bajo el derecho internacional como sí lo son las obligaciones de los tratados, cada país aceptaría la adopción de medidas que permitiesen a las demás partes firmantes verificar de forma independiente que estaba cumpliendo con las reducciones que se había autoimpuesto. En tercer lugar, los países ricos proporcionarían a los pobres miles de millones de dólares en ayudas para mitigar y adaptarse al cambio climático, siempre que estos últimos cumpliesen sus compromisos (mucho más modestos).

Si se diseñaba correctamente, esta nueva estrategia podría obligar a China y a otras potencias emergentes a empezar a poner la carne en el asador al mismo tiempo que mantenía el concepto de «responsabilidades comunes pero diferenciadas» del Protocolo de Kioto. Al establecer un sistema creíble para validar los esfuerzos de otros países para reducir las emisiones, también reforzaríamos nuestra posición ante el Congreso en cuanto a la necesidad de aprobar nuestra propia legislación doméstica sobre cambio climático (y esperábamos establecer los cimientos para un tratado más robusto en un futuro próximo). Pero Todd, un abogado enérgico y escrupuloso que había sido alto negociador de la Administración Clinton en Kioto, nos advirtió de que nuestra propuesta no se vería con muy buenos ojos en el ámbito internacional. Los países de la Unión Europea, todos los cuales habían ratificado Kioto y dado pasos para reducir sus emisiones, estaban muy interesados en alcanzar un acuerdo que incluyese compromisos de reducción por parte de Estados Unidos y China con garantías legales. En cuanto a China, India y Sudáfrica estaban satisfechas con el statu quo y se resistían con obstinación a cualquier cambio en el protocolo. Estaba previsto que asistiesen a la cumbre activistas y organizaciones ecologistas de todo el mundo. Muchos de ellos veían Copenhague como un momento de todo o nada y verían como un fracaso cualquier cosa que no fuese un tratado vinculante con nuevas y estrictas limitaciones.

Más en concreto, como mi fracaso.

«No es justo —dijo Carol—, pero creen que si te tomas en serio el cambio climático, deberías conseguir que el Congreso y otros países hiciesen todo lo que fuese necesario.»

No podía culpar a los ecologistas por poner el listón tan alto. La ciencia lo exigía. Pero también sabía que no tenía sentido hacer promesas que aún no podía cumplir. Necesitaría más tiempo y que la situación económica mejorase antes de poder convencer al público estadounidense para que apoyase un tratado climático ambicioso. También tendría que convencer a China para que colaborase con nosotros, y probablemente necesitaría una mayoría más holgada en el Senado. Si el mundo esperaba que Estados Unidos firmase un tratado vinculante en Copenhague, yo debía rebajar las expectativas, empezando por las del secretario general de Naciones Unidas, Ban Ki-moon.

Tras dos años de su mandato como el más prominente de los diplomáticos del mundo, Ban Ki-moon aún no había dejado mucha huella en el escenario global. En parte, esto se debía a la naturaleza de su trabajo: aunque el secretario general de la ONU dirige una organización con un presupuesto de miles de millones de dólares, una extensa burocracia y un montón de agencias internacionales, su poder está en gran medida condicionado, y depende de su capacidad para dirigir a ciento noventa y tres países hacia algo mínimamente parecido a una dirección común. El perfil relativamente bajo de Ban también era consecuencia de su estilo discreto y metódico: una visión nada creativa de la diplomacia que sin duda le había dado excelentes resultados durante sus treinta y siete años de carrera en el servicio exterior y el cuerpo diplomático de su Corea del Sur natal, pero que contrastaba de forma marcada con el refinado carisma de su predecesor en el cargo, Kofi Annan. No acudías a una reunión con Ban esperando oír historias fascinantes, comentarios ingeniosos o ideas deslumbrantes. No te preguntaba cómo estaba tu familia ni contaba detalles de su propia vida fuera del trabajo, sino que, tras un vigoroso apretón de manos y un repetido agradecimiento por reunirte con él, Ban se lanzaba de cabeza a una sucesión de temas a tratar y datos anecdóticos, expresados en un inglés fluido pero con fuerte acento y empleando la jerga seria y previsible de un comunicado de la ONU.

A pesar de su falta de chispa, acabé sintiendo afecto y respeto por él. Era honesto, directo y de un optimismo irreprimible, alguien que en varias ocasiones se plantó ante la presión de los estados miembros para defender las reformas que la ONU tanto necesitaba y que de manera instintiva sabía ponerse del lado correcto en cada asunto, aunque no siempre tuviese la capacidad de convencer a otros para que hicieran lo mismo. Ban era también persistente; en particular en la cuestión del cambio climático, que se había marcado como una de sus prioridades. La primera vez que nos reunimos en el despacho Oval, menos de dos meses después de que yo hubiese accedido al cargo, empezó a presionarme para que asistiese a la cumbre de Copenhague.

«Su presencia, señor presidente —me dijo—, enviará una potentísima señal sobre la urgente necesidad de la cooperación internacional en relación con el cambio climático. Potentísima.»

Le había explicado todo lo que teníamos pensado hacer en el ámbito interno para reducir las emisiones estadounidenses, así como las dificultades para que el Senado aprobase en el futuro próximo un tratado del estilo del de Kioto. Describí nuestra idea de un acuerdo provisional, y cómo estábamos formando un «grupo de grandes emisores», aparte de las negociaciones auspiciadas por la ONU, para ver si hallábamos puntos de encuentro con China sobre la cuestión. Mientras yo hablaba, Ban asentía con educación, y de vez en cuando tomaba alguna nota o se colocaba las gafas. Pero nada de lo que dije lo distrajo de su misión principal.

«Con su crucil implicación, señor presidente —dijo—, estoy convencido de que podemos hacer que estas negociaciones desemboquen en un acuerdo satisfactorio.»

Y así siguió durante meses. Daba igual cuántas veces insistiese en mi preocupación ante el cariz que estaban tomando las negociaciones auspiciadas por la ONU, daba igual lo tajante que fuese sobre la posición estadounidense sobre un tratado vinculante al estilo del Protocolo de Kioto, Ban siempre recalcaba la necesidad de que estuviese presente en diciembre en Copenhague. Sacó la cuestión a colación en las reuniones del G20. Lo hizo también en los encuentros del G8. Finalmente, en la sesión plenaria de la Asamblea General de la ONU, en septiembre en Nueva York, di mi brazo a torcer y prometí al secretario general que haría todo lo posible por acudir, siempre que pareciese probable que de la cumbre saliese un acuerdo que yo pudiese aceptar. Después, me volví hacia Susan Rice y le dije que me sentía como una adolescente a quien han estado presionando para que vaya al baile de graduación con el empollón que es demasiado bueno como para decirle que no.

Cuando llegó diciembre y se inauguró la conferencia de Copenhague, parecía como si mis peores temores se estuvieran haciendo realidad. En el ámbito interno, aún estábamos esperando a que el Senado pusiese fecha a la votación sobre la legislación de topes e intercambios de emisiones, mientras que en Europa la negociación del tratado había llegado a un primer punto muerto. Habíamos enviado a Hillary y a Todd como avanzadilla para que intentasen recabar apoyos para nuestra propuesta de acuerdo provisional y, por teléfono, describían un escenario caótico, en el que los chinos y los líderes de otros países del BRIC se habían plantado en su posición, los europeos estaban frustrados tanto con nosotros como con los chinos, los países más pobres clamaban por una mayor ayuda económica, los organizadores de la conferencia daneses y de la ONU se sentían desbordados y los grupos ecologistas allí presentes se desesperaban ante lo que cada vez parecía más un absoluto desastre. Dado el intenso aroma a inminente fracaso, por no hablar de que yo seguía atareado intentando que el Congreso aprobase legislación crucial antes de la pausa navideña, Rahm y Axe se preguntaban si debía siquiera hacer el viaje.

A pesar de mis reparos, decidí que incluso una mínima posibilidad de arrastrar a otros líderes a un acuerdo internacional se imponía sobre la repercusión de un probable fracaso. Para hacer que el viaje fuese más llevadero, Alyssa Mastromonaco preparó un calendario minimalista según el cual viajaría a Copenhague tras una jornada completa en el despacho Oval y pasaría unas diez horas en Dinamarca —el tiempo justo para pronunciar un discurso y mantener unas pocas reuniones bilaterales con jefes de Estado— antes de dar media vuelta y volver a casa. Aun así, puede decirse que no rebosaba entusiasmo cuando embarqué en el Air Force One para cruzar el Atlántico de noche. Me acomodé en uno de los mullidos sillones de cuero de la sala de conferencias del avión y pedí un buen vaso de vodka, con la esperanza de que me ayudase a dormir unas pocas horas, mientras veía a Marvin toquetear los controles de la gran pantalla de televisión en busca de un partido de baloncesto.

«¿Alguien se ha parado a pensar —pregunté— la cantidad de dióxido de carbono que estoy soltando en la atmósfera a consecuencia de estos viajes a Europa? Estoy bastante seguro de que, entre los aviones, los helicópteros y las comitivas, tengo la mayor huella de carbono de cualquier persona en todo el maldito planeta.»

«Mmm... probablemente sea así.» Encontró el partido que buscábamos, subió el volumen y añadió: «Quizá sea preferible que no lo menciones mañana en tu discurso».

Cuando llegamos a Copenhague, la mañana era oscura y gélida, y las carreteras que llevaban hacia la ciudad estaban envueltas en neblina. El lugar donde se celebraba la conferencia parecía un centro comercial reconvertido. Nos vimos deambulando por un laberinto de ascensores y pasillos (en uno de los cuales, por algún motivo incomprensible, había toda una fila de maniquíes) hasta reunirnos con Hillary y Todd para que nos pusiesen al tanto de la situación. Como parte de la propuesta de acuerdo provisional, había autorizado a Hillary a comprometerse a que Estados Unidos redujese sus emisiones de gases de efecto invernadero en un 17 por ciento para 2020, y que destinaría diez mil millones de dólares al Fondo Verde del Clima, del total de cien mil millones que aportaría la comunidad internacional, para ayudar a los países pobres en sus esfuerzos de mitigación y adaptación al cambio climático. Según Hillary, los delegados de una serie de países habían mostrado interés en nuestra alternativa, pero, de momento, los europeos seguían optando por un tratado plenamente vinculante, mientras que China, India y Sudáfrica parecía que se contentaban con dejar que la conferencia acabase en fracaso y culpar de ello a los estadounidenses.

«Si puedes convencer a los europeos y a los chinos de que respalden un acuerdo provisional —dijo Hillary—, entonces es posible, incluso probable, que el resto del mundo haga lo propio.»

Teniendo clara cuál era mi misión, hicimos una visita de cortesía al primer ministro danés, Lars Løkke Rasmussen, que presidía las últimas sesiones de negociación. Como todos los países nórdicos, Dinamarca destacaba en relaciones exteriores, y el propio Rasmussen encarnaba muchas de las cualidades que yo asociaba con los daneses: era prudente, pragmático y humanitario, y estaba bien informado. Pero la tarea que se le había encomendado —intentar un consenso global en torno a una cuestión complicada y controvertida que enfrentaba a las principales potencias mundiales— habría sido difícil de cumplir para cualquiera. Para el líder de cuarenta y cinco años de un pequeño país, que apenas llevaba ocho meses en el cargo, había resultado ser manifiestamente imposible. La prensa se había dado un festín con las historias sobre cómo Rasmussen había perdido el control de la conferencia, con los delegados rechazando una y otra vez sus propuestas, cuestionando sus decisiones y desafiando su autoridad, como adolescentes rebeldes con un profesor sustituto. Cuando nos reunimos, el pobre hombre parecía conmocionado; el agotamiento había hecho mella en sus claros ojos azules, y tenía el pelo rubio apelmazado, como si acabase de salir de una pelea de lucha libre. Escuchó con atención mientras le explicaba nuestra estrategia, y me hizo varias preguntas técnicas sobre cómo funcionaría un acuerdo provisional. Pero, más que nada, parecía aliviado cuando comprobó mi disposición a intentar salvar el acuerdo.

De ahí, pasamos a un enorme auditorio improvisado, donde expuse ante el plenario los tres componentes del acuerdo provisional que proponíamos, así como la alternativa: inacción y acritud mientras el planeta ardía lentamente. El público estaba apagado pero era respetuoso, y Ban vino a felicitarme cuando terminé: tomó mi mano entre las suyas y se comportó como si le resultase completamente normal esperar que yo intentase salvar las negociaciones bloqueadas y que improvisase la manera de llegar a un acuerdo de última hora con los demás líderes mundiales.

El resto del día fue distinto de cualquier otra cumbre a la que asistí como presidente. Aparte de la confusión de la sesión plenaria, tuvimos una serie de encuentros más reducidos, y para ir de uno a otro recorrimos pasillos abarrotados de personas que estiraban el cuello y tomaban fotos. Aparte de mí, el actor más importante presente allí ese día era el primer ministro chino Wen Jiabao. Había acudido acompañado de una delegación gigantesca. Su equipo se había mostrado hasta entonces inflexible y categórico en las reuniones, y había negado que China fuese a aceptar cualquier forma de supervisión internacional de sus emisiones, seguro de que, gracias a su alianza con Brasil, India y Sudáfrica, contaba con los votos suficientes para bloquear cualquier acuerdo. En mi encuentro bilateral cara a cara con Wen, rechacé sus argumentos y le advertí que, aunque China entendiese que evitar cualquier obligación de transparencia era una victoria a corto plazo, acabaría siendo un desastre a largo plazo para el planeta. Acordamos seguir hablando a lo largo del día.

Era un avance, aunque mínimo. La tarde se esfumó mientras proseguían las sesiones de negociación. Logramos arrancar de los países miembros de la Unión Europea y de varios otros delegados el apoyo a un borrador de acuerdo, pero cuando retomamos las sesiones con los chinos llegamos a un punto muerto, porque Wen declinó asistir y en su lugar envió a varios miembros de su delegación que eran, como era de esperar, inflexibles. A última hora del día me llevaron a otra sala, repleta de europeos descontentos.

Ahí estaban la mayoría de los líderes clave, entre ellos Angela Merkel, Nicolas Sarkozy y Gordon Brown, todos con la misma somnolienta mirada de frustración. Querían saber por qué, ahora que Bush ya no estaba y que mandaban los demócratas, Estados Unidos no podía ratificar un tratado del estilo del Protocolo de Kioto. En Europa, decían, hasta los partidos de extrema derecha aceptan la realidad del cambio climático. ¿Qué les pasa a los estadounidenses? Sabemos que los chinos son un problema, pero ¿por qué no esperar a un acuerdo futuro para obligarlos a ceder?

Durante lo que pareció una hora los dejé hablar, respondí a sus preguntas, simpaticé con sus inquietudes. Finalmente, la realidad de la situación se impuso en la sala, y fue Merkel quien se encargó de expresarla en voz alta.

—Creo que lo que Barack describe no es la opción que habríamos deseado —dijo con calma—, pero puede que sea nuestra única opción hoy. Así que... esperemos a ver lo que dicen los chinos y los demás, y luego decidamos. —Y, volviéndose hacia mí, añadió—: ¿Vas a reunirte con ellos ahora?

—Sip.

—Buena suerte, entonces —añadió, mientras se encogía de hombros, ladeaba la cabeza, bajaba el labio inferior y elevaba ligeramente las cejas; el gesto de alguien con experiencia en acometer tareas desagradables pero necesarias.

Todo el empuje que pudiésemos haber sentido al salir de nuestro encuentro con los europeos se disipó enseguida en cuanto Hillary y yo volvimos a nuestra sala de reuniones. Marvin nos informó de que una terrible tormenta de nieve se estaba desplazando por la costa este, por lo que, para que llegásemos sanos y salvos a Washington, el Air Force One tenía que estar en el aire en dos horas y media.

Miré mi reloj.

—¿A qué hora es mi siguiente reunión con Wen?

—Ese es el otro problema, jefe —dijo Marvin—, no encontramos a Wen.

Me explicó que cuando nuestro equipo se había puesto en contacto con sus homólogos chinos, les habían dicho que Wen iba ya camino del aeropuerto. Circulaban rumores de que en realidad seguía en el edificio, en una reunión con los otros líderes que habían estado oponiéndose a que se supervisasen sus emisiones, pero no habíamos podido confirmarlo.

—Quieres decir que está evitándome.

—Tenemos a gente buscándolo.

Unos minutos más tarde, Marvin volvió para decirnos que habían visto a Wen y a los líderes de Brasil, India y Sudáfrica en una sala de conferencias varios pisos más arriba.

—Pues vamos allá —dije, y volviéndome hacia Hillary, pregunté—: ¿cuándo fue la última vez que te colaste en una fiesta?

Se rio.

—Hace tiempo ya —dijo, con aspecto de chica formal que ha decidido soltarse la melena.

Con una pandilla de ayudantes y de agentes del Servicio Secreto apresurándose tras nosotros, nos abrimos camino hasta el piso de arriba. Al final de un largo pasillo encontramos lo que andábamos buscando: una sala con paredes de cristal, con apenas espacio para una mesa de reuniones, alrededor de la cual estaban sentados los primeros ministros Wen y Singh junto a los presidentes Lula y Zuma, además de varios de sus ministros. El equipo de seguridad chino avanzó para interceptarnos, con las manos levantadas como si nos ordenasen detenernos, pero dudaron al darse cuenta de quiénes éramos. Con una sonrisa y una inclinación de cabeza, Hillary y yo atravesamos su posición y entramos en la sala, dejando tras de nosotros un ruidoso forcejeo entre los agentes de seguridad y el personal que nos seguía.

«¿Tienes un momento para mí, Wen?», dije en voz alta, mientras veía cómo el líder chino se quedaba boquiabierto por la sorpresa. A continuación, recorrí la mesa dándole la mano a cada uno de ellos. «¡Caballeros! Los he estado buscando por todas partes. ¿Qué tal si intentamos llegar a un acuerdo?»

Antes de que nadie pudiese negarse, tomé una silla vacía y me senté. Al otro lado de la mesa, Wen y Singh permanecieron impasibles, mientras que Lula y Zuma, avergonzados, bajaron la mirada hacia los papeles que tenían delante. Les expliqué que acababa de reunirme con los europeos y que estaban dispuestos a aceptar el acuerdo transitorio que proponíamos si el grupo presente respaldaba incluir alguna disposición que garantizase la creación de algún mecanismo que verificase de forma independiente que los países estaban cumpliendo sus compromisos de reducción de gases de efecto invernadero. Uno a uno, los otros líderes explicaron por qué nuestra propuesta era inaceptable: Kioto funcionaba perfectamente; Occidente era responsable del calentamiento global y ahora esperaba que los países más pobres ralentizasen su desarrollo para resolver el problema; nuestro plan infringiría el principio de «responsabilidades comunes pero diferenciadas»; el mecanismo de verificación que proponíamos violaría su soberanía nacional. Después de una media hora de toma y daca, me recosté en la silla y miré directamente al primer ministro Wen.

—Señor primer ministro, se nos acaba el tiempo —dije—, así que permítame que vaya al grano. Imagino que, antes de que yo entrase en esta sala, el plan era que todos ustedes se fuesen de aquí y anunciasen que Estados Unidos era responsable del fracaso a la hora de alcanzar un nuevo acuerdo. Creen que si se resisten durante un tiempo suficientemente largo, los europeos desistirán y firmarán otro tratado del estilo del de Kioto. Lo que ocurre es que yo les he explicado con toda claridad que no puedo hacer que nuestro Congreso ratifique el tratado que ustedes quieren. Y no hay ninguna garantía de que los votantes europeos, canadienses o japoneses vayan a estar dispuestos a seguir colocando a sus industrias en situación de desventaja competitiva y a seguir dando dinero para ayudar a los países pobres a lidiar con el cambio climático mientras los mayores emisores del planeta se desentienden de la situación.

»Por descontado, puede que me equivoque —proseguí—. Quizá puedan convencer a todo el mundo de que la culpa es nuestra. Pero eso no impedirá que el planeta siga calentándose. Y, recuerden, yo tengo mi propio megáfono, y es bastante potente. Si salgo de esta habitación sin un acuerdo, mi primera parada será el vestíbulo, donde toda la prensa internacional está esperando noticias. Y les contaré que estaba dispuesto a comprometerme a una gran reducción de nuestros gases de efecto invernadero y ofrecer a miles de millones adicionales en ayudas, y que cada uno de ustedes decidió que era mejor no hacer nada. Lo mismo les diré a todos los países pobres que se beneficiarían de ese dinero. Y a todas esas personas en sus propios países que, se espera, sean quienes más sufran debido al cambio climático. Y veremos a quién creen.

Una vez que los intérpretes terminaron de transmitir mi mensaje, el ministro chino de Medioambiente, un hombre fornido, de cara redonda y con gafas, se puso en pie y empezó a hablar en mandarín, elevando la voz y gesticulando en mi dirección, con el rostro enrojecido por la indignación. Así siguió un par de minutos, sin que el resto de los presentes tuviésemos muy claro qué pasaba, hasta que el primer ministro Wen levantó una mano fina y venosa y el ministro se sentó de forma abrupta. Reprimí las ganas de reír y miré a la joven china que hacía de intérprete para Wen.

—¿Qué ha dicho mi amigo? —pregunté. Antes de que pudiera responderme, Wen movió la cabeza y murmuró algo. La intérprete asintió y se volvió hacia mí.

—El primer ministro Wen dice que lo que el ministro de Medioambiente ha dicho no tiene importancia —explicó—. Y pregunta si tiene usted aquí el acuerdo que propone, para que todos puedan volver a revisar la redacción concreta.

Hizo falta otra media hora de tira y afloja, con los otros líderes y sus ministros mirando por encima de mi hombro y el de Hillary mientras yo subrayaba a bolígrafo algunas de las frases del arrugado documento que había llevado en el bolsillo, pero cuando salí de la sala el grupo había aceptado nuestra propuesta. Volví corriendo al piso de abajo, y dediqué otros treinta minutos a conseguir que los europeos aceptasen los ligeros cambios que los líderes de los países en desarrollo habían pedido. La nueva redacción se imprimió y se distribuyó a toda prisa. Hillary y Todd hablaron con los delegados de otros países clave para que contribuyeran a ampliar el consenso. Hice una breve declaración ante la prensa en la que anuncié el acuerdo transitorio, tras la cual reunimos a nuestra comitiva y salimos pitando hacia el aeropuerto.

Llegamos con diez minutos de margen respecto a nuestra hora límite para despegar.

En el vuelo de vuelta reinaba un animado alboroto mientras los miembros del equipo repasaban las aventuras del día para poner al tanto a quienes no habían estado presentes. Reggie, que llevaba conmigo el tiempo suficiente para que ya nada lo impresionase demasiado, exhibía una amplia sonrisa cuando asomó la cabeza en mi camarote, donde yo estaba leyendo una pila de informes.

«Jefe, tengo que decir que lo que ha hecho ha sido muy macarra.»

La verdad es que me sentía muy bien. En el mayor escenario posible, en una cuestión importante y contrarreloj, me había sacado un conejo de la chistera. Es verdad que la prensa recibió el acuerdo transitorio con división de opiniones, pero habida cuenta del caos de la conferencia y de la obstinación de los chinos, yo seguía viéndolo como una victoria, un paso intermedio que nos ayudaría a que el Senado aprobase nuestro proyecto de ley sobre cambio climático. Pero lo más importante era que habíamos logrado que China e India aceptasen —con todas las reticencias y reparos que se quieran— la idea de que todos los países, no solo los occidentales, tenían la responsabilidad de contribuir a detener el cambio climático. Siete años después, ese principio básico resultaría fundamental para alcanzar el revolucionario Acuerdo de París.

Aun así, mientras miraba por la ventana desde mi escritorio y veía cómo la oscuridad se quebraba cada pocos segundos por el destello de la luz en la punta del ala derecha del avión, me asaltaron pensamientos que me hicieron bajar rápidamente a tierra. Repasé todo lo que habíamos tenido que hacer para conseguir ese acuerdo: las incontables horas de trabajo de un equipo dotado y entregado; las negociaciones entre bastidores y el cobro de favores; las promesas de ayuda; y, al final, esa intervención en el último minuto, basada tanto en mi bravuconería improvisada como en un conjunto de argumentos racionales. Todo eso para un acuerdo transitorio que, incluso si funcionaba exactamente como estaba previsto, sería en el mejor de los casos un paso preliminar e intermedio hacia la resolución de una posible tragedia planetaria, un cubo de agua contra un incendio desatado. Me di cuenta de que, a pesar de todo el poder asociado al cargo que ocupaba, siempre habría un abismo entre lo que sabía que había que hacer para lograr un mundo mejor y lo que en un día, semana o año me veía capaz de lograr en la práctica.

Cuando aterrizamos, la tormenta prevista ya había llegado a Washington, y las nubes bajas dejaban caer una mezcla constante de nieve y lluvia gélida. En ciudades del norte como Chicago, ya habrían salido las máquinas quitanieves a retirar la nieve de las calzadas y esparcir sal, pero hasta un asomo de nieve solía paralizar la zona de Washington, claramente mal equipada, se cerraban las escuelas y se producían embotellamientos de tráfico. El mal tiempo nos impidió volar en el Marine One, y la comitiva tardó más tiempo del habitual en recorrer las calles heladas hasta llegar a la Casa Blanca.

Era ya tarde cuando entré en la residencia. Michelle estaba en la cama, leyendo. Le conté cómo había ido mi viaje y le pregunté por las niñas.

—Están muy ilusionadas con la nieve —me contestó—, aunque yo no tanto. —Me miró con una sonrisita comprensiva—. Seguro que Malia te preguntará en el desayuno si salvaste a los tigres.

Asentí mientras me aflojaba la corbata. "

miércoles, 29 de junio de 2011

Odisea hacia Durban (resumen de las conversaciones de Bonn)

Brillante resumen por parte del IISD de las recientes conversaciones de cambio climático celebradas en Bonn. A falta de menos de seis meses, el camino a Durban, como una nueva Odisea... Extraído del original en inglés, traducción propia.

Ulises, retenido por Calipso (igual que Kioto
lo está por los "líderes" mundiales)
BREVE ANÁLISIS DE LA CONFERENCIA DE CAMBIO CLIMÁTICO DE BONN 

¿Cómo conducir un proceso multilateral hacia adelante cuando algunas partes ya tienen lo que quieren, otras quieren lo que es imposible y todas imaginan futuros diferentes? Este fue el desafío que enfrentaban los delegados en Bonn en su intento de negociar un camino hacia la Conferencia sobre Cambio Climático de la ONU en Durban, Sudáfrica, en un plazo de seis meses. Al igual que Ulises, que se enfrentó a muchos peligros en su largo viaje a casa a Ítaca tras la guerra de Troya, los gobiernos tienen que afrontar sus propios riesgos, si quieren tener un resultado exitoso en Durban

En este breve análisis se evaluarán los avances en Bonn en el marco del viaje de los delegados hacia Durban que se inició con la adopción de los Acuerdos de Cancún a finales de 2010 y su impacto en las agendas de los órganos subsidiarios; la intención de algunas partes de no inscribir los objetivos en el contexto de un segundo período de compromiso del Protocolo de Kioto, y cómo cerrar la brecha entre los compromisos de mitigación que hay sobre la mesa y las reducciones de emisiones necesarias para evitar el peligroso cambio climático. 

¿De vuelta a casa? 

Cuando Ulises escapó del cíclope Polifemo y pensó que ya estaba en casa, sus marineros abrieron un regalo de Eolo, el maestro de los vientos, y la tormenta resultante llevó a los barcos de vuelta al inicio del camino que habían recorrido, cuando Ítaca ya estaba a la vista. Del mismo modo, cuando los delegados escaparon de las batallas de agenda de Bangkok en abril, pensaron que serían capaces de empezar sus negociaciones de nuevo en Bonn. Sin embargo, pronto se encontraron frente a un obstáculo, otro nuevo escollo de agenda, esta vez en los Órganos Subsidiarios.Uno de los desafíos centrales en la reunión de Bangkok en la agenda del Grupo de Trabajo Ad Hoc sobre largo plazo en el marco de la Convención (GTE-ACLP) fue la forma de llevar los elementos de los Acuerdos de Cancún hacia adelante, teniendo en cuenta que Bolivia se opuso a su adopción en Cancún. Las primeras reuniones de los Órganos Subsidiarios después de Cancún hicieron frente a un obstáculo similar. Los Acuerdos de Cancún, aunque alabados por muchos, eran poco claros en los mandatos para seguir adelante. (...)

Al igual que Ulises trató de mantener unida a su tripulación, los delegados no estaban dispuestos en Bonn a que el progreso del trabajo fuera desigual, no fuese que las discusiones sobre un tema prejuzgase los resultados de otro. Uno de los retos en los meses intermedios antes de Durban será la forma de avanzar a través y dentro de los diversos órganos al mismo paso, sin caer en un debate circular impulsado por el canto de sirena de las posiciones atrincheradas. Como dijo un delegado, "todos tenemos que resistir la tentación de ceder a nuestro propio interés." 

Entre Escila y Caribdis 


Los foros de negociación de la CMNUCC, incluidos los dos órganos subsidiarios, los dos GTE, la Conferencia de las Partes (COP) y la Conferencia de las Partes que actúa como Reunión de las Partes en el Protocolo (COP-MOP), es sin duda la bestia de seis cabezas, no muy diferente a la mítica Escilia. Del mismo modo, cuando las partes se esfuerzan por encontrar una visión compartida de su futuro dentro de los diferentes órganos de la CMNUCC, sobre la base de las diferentes interpretaciones de los acuerdos anteriores y los mandatos comunes, uno se pregunta si puede pasar a través de los dos peligros, Escila y la bañera de hidromasaje de Caribdis, o si la CMNUCC tiene que separarse bajo la presión de las partes tirando en direcciones opuestas. 


Esto parece especialmente adecuado en el tema crítico de mitigación, donde los delegados tienen que navegar por una ruta peligrosa ya que un segundo período de compromiso del Protocolo de Kioto está supeditado, por parte de la mayoría de los países desarrollados, a que haya avances significativos en la vía de la Convención para establecer un marco jurídicamente vinculante que incluya a todos los principales emisores. Dado que el primer período de compromiso vencerá a finales de 2012, Durban es un hito clave para el Protocolo de Kioto, ya que la falta de acuerdo sobre un segundo período de compromiso se traducirá en que el Protocolo caiga en la inercia de facto: existente, pero carece de propósito central. Mientras tanto, parece que un segundo período de compromiso, de aprobarse, sería mucho más débil que el primero. Japón, Canadá y la Federación Rusa han declarado que no se comprometerán a un segundo período. Este éxodo ha llevado a los países en desarrollo a argumentar que los que no se comprometerán ni siquiera deberían participar en las discusiones de la configuración de las reglas para el segundo período. 


En general, las expectativas para el futuro del Protocolo de Kioto son bajas y algunos se preguntan si un "Kiotito" (con posibles compromisos de las partes, incluidos la Unión Europea, Noruega, Suiza e Islandia) tendría sentido [NT: de hecho ya se habló en Cancún de "FranKiotostein"] o si sería mejor enterrar el Protocolo en Durban. La mayoría de los países en desarrollo seguirá insistiendo en su importancia como cortafuegos legal que separe a los compromisos vinculantes de mitigación de los países desarrollados de las acciones de mitigación voluntarias de los países en desarrollo. Quienes se preocupan por la prominencia del enfoque de abajo hacia arriba "compromiso y revisión", defendido por los EEUU, ven también el valor de preservar la estructura jurídica de arriba hacia abajo creada por el Protocolo en lo que esperan que sea un "período transitorio". En este punto, como un defensor de Kioto subrayó, "se trata de salvar el sistema basado en normas y las instituciones que hemos creado en los últimos 14 años ". 


El desafío que enfrentan aquellos que desean ver continuar el Protocolo de Kioto, aunque sea en una forma disminuida, es avanzar en el debate lo suficiente como para cumplir con dos condiciones básicas. Primera, las reglas técnicas han de avanzar lo suficiente como para permitir que en Durban se tomen decisiones políticas. En segundo lugar, en un progreso paralelo, el GTE-ACLP ha de avanzar tanto en poner en práctica los Acuerdos de Cancún como en dar pasos hacia un marco legalmente vinculante que incluya todos los principales emisores, para satisfacer las condiciones establecidas en el anexo I de Kioto. Sin embargo, tomando nota de las noticias recientes sobre el deseo de los Estados Unidos de tener un "acuerdo jurídicamente vinculante en una década," muchos se preguntaron si tales declaraciones darían tranquilidad suficiente a los "interesados ​​en, pero no dedicados a" un segundo período de compromiso. 


Un observador experimentado, subrayó el entusiasmo mostrado por los EEUU para poner en funcionamiento los Acuerdos de Cancún, preocupado porque "los EEUU tienen el compromiso y el sistema de revisión que desean y ahora hay pocos incentivos para ir más allá." Señaló a otros a los desafíos que enfrenta el sistema político de EEUU: "con la realidad práctica de la política en los EEUU en este momento, de cara a un ciclo electoral con una minoría en el Congreso, la administración Obama no puede tomar compromisos más fuertes, incluso si lo quisiera." Al mismo tiempo, mientras que hay una oleada tremenda de acción a través de la legislación nacional en muchos de los países en desarrollo más importantes, existen reticencias a inscribir esas acciones en un marco internacional. La pregunta que queda es cómo navegar con éxito entre Escila y Caribdis, y determinar qué medidas significativas se pueden tomar para establecer un marco internacional jurídicamente vinculante en el marco del GTE-ACLP y si estas medidas serán suficientes para preservar el sistema basado en normas. 


Evitar a Calipso


¿Han progresado lo suficiente las partes en el GTE-PK y el GTE-ACLP para acordar un segundo período de compromiso y dar pasos tangibles hacia un acuerdo global? En este momento, hay que decir, teniendo en cuenta la falta de avances reales en materia de mitigación y cuestiones legales en Bonn, que esto parece estar muy en duda. 


Po otra parte, el marco institucional de la CMNUCC es más fuerte que nunca tras un acuerdo en Cancún para establecer el mecanismo tecnológico, el Comité de Adaptación, el Fondo Climático Verde y el Comité Permanente de Finanzas. Muchos sienten que las partes avanzaron en temas tales como el Mecanismo de Tecnología y el Marco de Adaptación. Está claro que la puesta en funcionamiento de estas instituciones, junto con los nuevos procesos de MRV (reducción de emisiones con informes medibles y verificables) y el acuerdo sobre los detalles del Fondo Climático Verde, son objetivos evidentes de Durban. Muchos piensan también que estos objetivos son alcanzables, lo que permitirá a las Partes mantener el rumbo. La pregunta entonces es si las partes pueden evitar los retrocesos que enfrentan los Ulises y lograr un resultado exitoso en Durban


Según Homero, Ulises fue retenido por Calipso, que retrasó su viaje a casa durante siete años. Muchos observadores coinciden en que las negociaciones sobre el cambio climático no puede ser tomadas como rehén durante un año, y mucho menos durante siete, por parte de los desafíos que dificultan a los gobiernos para llegar a los compromisos necesarios, aunque sean política y económicamente difíciles. Ulises finalmente llegó su casa en Ítaca, a pesar de todos los desafíos que afrontó en sus veinte años de ausencia. La CMNUCC conmemora el vigésimo aniversario de su aprobación el año que viene, y su futuro dependerá, en parte, de cómo navegarán las partes a través de los peligros en el camino hacia Durban.

jueves, 4 de noviembre de 2010

Elecciones USA: el petróleo lubrica el avance del negacionismo

Los hermanos Koch, de Koch Industries, financiadores del negacionismo. "Se les busca por crímenes climáticos" (Greenpeace USA)
Era de prever que la desregulación de las aportaciones económicas de las empresas a los candidatos de las elecciones norteamericanas, dictaminada este año por la Corte Suprema, animaría al Big Oil (las grandes petroleras)  y al King Coal (la industria del carbón) a financiar más generosamente que nunca a candidatos negacionistas del cambio climático. O, dicho de otra forma, a candidatos dispuestos a negar lo que sea a cambio de una buena aportación para su campaña.

Efectivamente, los negacionistas han obtenido un número sin precedentes de cargos políticos estas elecciones legislativas. 

Para Beth Buczynski, blogger de care2.com, "es triste ver que en Estados Unidos se ha llegado a un punto donde atacar a los científicos y su trabajo no es sólo aceptable, sino que ayuda a ganar las elecciones".

Beth nos ofrece cinco perlas de otros tantos candidatos petroleros elegidos en las elecciones, "así es cómo la nueva promoción de negacionistas se presenta a sí misma":
"Con la posible excepción de Tiger Woods, nada ha tenido un año peor que el calentamiento global. Hemos descubierto que una buena parte de la ciencia utilizada para justificar el "cambio climático" es un engaño perpetrado por ideólogos de izquierda con una agenda". - Todd Young, nuevo congresista de Indiana
"Definitivamente no creo que la ciencia del cambio climático causado por el hombre haya sido comprobada. Creo que es mucho más probable que sea sólo la actividad de las manchas solares o algo relacionado con los eones geológicos de tiempo dónde ha habido cambios en el clima." -Ron Johnson, nuevo senador de Wisconsin
"Creo que debemos echar un vistazo a ese grupo que mide todo esto, el IPCC, ni siquiera ellos creen esta mierda." - Steve Pearce, nuevo congresista de Nuevo México
"Es un problema más grande, tenemos que vigilarlos. No sólo porque pueda o no ser cierto, pero ellos están maquillando los hechos para que se adapten a sus conclusiones. Ya los han cogido antes haciendo esto." -Paul Rand, nuevo senador de Kentucky
"No hay ninguna ciencia real para decir que estemos alterando la evolución del clima de la Tierra." - Roy Blunt, nuevo senador de Missouri
Bueno, tendremos a Obama aún más maniatado y una dificultad más para la ya bastante tocada Cumbre de Cancún. Pero hay que tener claro que todo esto es circunstancial, y por razones de fuerza mayor la humanidad acabará teniendo que tomar medidas para que el cambio climático no se nos vaya totalmente de las manos, aunque ya estemos fuera de plazo y abocados a un conjunto de consecuencias indeseables.

Pero... ¡nadie dijo que iba a ser fácil! ;)

jueves, 1 de julio de 2010

[Actualización] Webcam: el derrame de petróleo de BP en el Golfo, en directo

Imágenes en directo y estimación de la cantidad de petróleo vertido hasta el momento.

Con la más conservadora, que contempla 1.470.000 galones al día (1 galón son 3,79 litros; un barril=42 galones=159 litros) el total vertido al mar hasta el momento sería de 82.928.800 galones (más de 314 millones de litros).

Pero la cantidad real podría ser de hasta casi 3 veces más... De hecho, BP ha estado ofreciendo sistemáticamente datos del vertido mucho menores que los reales.

La evolución de la marea negra del Golfo en la web de la NASA, día a día

Oil Slick in the Gulf of MexicoJune 27, 2010
Oil Slick in the Gulf of MexicoJune 26, 2010
Oil Slick in the Gulf of MexicoJune 26, 2010
Oil Slick in the Gulf of MexicoJune 25, 2010
Oil Slick in the Gulf of MexicoJune 19, 2010
Oil Slick in the Gulf of Mexico

jueves, 17 de junio de 2010

El cuento de Barack...

...érase una vez un candidato a presidente de los EEUU en las elecciones de 2008 que prometió grandes reducciones de emisiones de CO2 si ganaba: un 80% en 2050, respecto a los niveles de 1990
(ver PDF, en inglés aquí: http://tinyurl.com/y8k8you)

...aquel candidato ganó, y tenía una ocasión estupenda de reafirmar su compromiso: se celebraba una decisiva Cumbre del Clima en Copenhague en diciembre de 2009. Cumplir su promesa de reducción hubiese arrastrado a otros países, como China, a hacer algo parecido, y de Copenhague hubiese salido un tratado ambicioso, justo y vinculante



...pero llegó Copenhague,
y el ahora presidente faltó a su palabra,
presentando unos compromisos
de reducción para 2020 respecto a 1990
que no llegaban al 3%,
frente al 30% que hubiese sido el mínimo
para poder mantener lo que había prometido...



...y por culpa de los "líderes" (o de la falta de ellos) no hubo un acuerdo decente en Copenhague. Y no se avanzó en la lucha contra el cambio climático. Pero el problema no sólo era el cambio climático. Ya lo decíamos:
"¿Alguien está en contra de disminuir la contaminación, de ahorrar en la factura energética, de disminuir la dependencia petrolera, que tantos conflictos ambientales, económicos y bélicos causa?"
...y aquí quedo la cosa... o no. En mayo pasó algo muy gordo en el Golfo de México. Tan gordo, que hoy me he encontrado con un mensaje de parte de aquel presidente que no hizo nada en Copenhague, en el que me dicen (resumo):
Toni - 
Esta noche, en su primer discurso desde el Despacho Oval, el presidente Obama se dirigió a la nación por el vertido de petróleo de BP y la crisis en la Costa del Golfo. (...) La administración de Obama se asegurará de que BP rendirá cuentas, que cubrirá los costos de la limpieza y el pago de sus deudas con las personas cuyas vidas han sido trastornadas por el desastre.(...) 
Pero, como dijo el Presidente esta noche, este es sólo el principio - tenemos que asegurarnos de que un desastre como éste no vuelva a suceder. 
El Presidente presentó una visión de un futuro en el que nuestra nación no es tomada como rehén debido a nuestra dependencia de los combustibles fósiles - y un plan para una economía que invierte en energía generada de manera eficaz y que crea puestos de trabajo para millones de estadounidenses. Bajo su liderazgo, algo de esto está empezando a tomar forma - la energía limpia está empezando a hacer que muchas personas vuelvan a trabajar, a que se fabriquen vehículos más eficientes, a reconvertir viejas fábricas para la producción de turbinas eólicas, y a la inversión en una investigación que descubrirá nuevas tecnologías energéticas. (...)
Washington ha dejado todo esto de lado durante demasiado tiempo - ahora tenemos que actuar. Si no lo has hecho aún, apoya al Presidente para conseguir un futuro con energía limpia. 
ttp://my.barackobama.com/CleanEnergyFuture 
Stand with the President for a Clean-Energy Future






         Gracias, 


         Mitch Stewart
         Director de "Organizing for America"
        (movimiento de apoyo a Barack Obama)



...de nada, Mitch. Siempre apoyaremos a tu presidente
si cumple lo que prometió (en la campaña).
Pero una cosa, Mitch: que todo esto no quede en nada
cuando pase la tormenta.

Este diciembre en México
(si, ese país que da nombre al Golfo del desastre)
hay otra Cumbre del Clima:
recuérdale a Barack que ahí tendrá otra oportunidad,
quizás la última, de emprender el camino para, que,
efectivamente, "un desastre como éste no vuelva a suceder." 
No más cuentos, por favor (y menos de los que acaban mal).

martes, 15 de junio de 2010

Un pálido punto azul...

No va mal volver a ver este clásico de Carl Sagan, una lección de sostenibilidad y de sentido común. Dedicado a BP y a Obama, que llora ahora por lo que no supo (o no quiso) defender en Copenhague...


“Mira de nuevo ese punto. Eso es ‘aquí’. Eso es casa. Eso es ‘nosotros’. Sobre él, todo aquel que amas, todo aquel que conoces, todo aquel del que has oído hablar, cada ser humano que ha existido, y que vivió su vida. La suma de nuestra alegría y sufrimiento, los miles de religiones, ideologías y doctrinas económicas seguras de sí mismo, cada cazador y recolector, cada héroe y cobarde, cada creador y destructor de la civilización, cada rey y campesino, cada joven pareja enamorada, cada madre y padre, cada niño esperanzado, inventor y explorador, cada maestro de moral, cada político corrupto, cada ‘superestrella’, cada ‘líder supremo’, cada santo y pecador en la historia de nuestra especie vivió ahí, en una mota de polvo suspendida en un rayo de luz del sol.

La Tierra es un escenario muy pequeño en una vasta arena cósmica. Piensa en los ríos de sangre derramada por todos esos generales y emperadores, para que, en gloria y triunfo, pudieran convertirse en amos momentáneos de una fracción de un punto. Piensa en las interminables crueldades infligidas por los habitantes de una esquina de ese pixel sobre los apenas distinguibles habitantes de alguna otra esquina; lo frecuente de sus incomprensiones, lo ávidos de matarse unos a otros, lo ferviente de su odio.
Nuestras actitudes, nuestra imaginada arrogancia, la ilusión ficticia de que tenemos una posición privilegiada en el Universo, son desafiadas por este punto de luz pálida. Nuestro planeta es una mota solitaria de luz en la gran oscuridad cósmica que nos envuelve. En nuestra oscuridad, en toda esta inmensidad, no hay ni un indicio de que la ayuda llegará desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos.
La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Colonizar, aún no. Nos guste o no, de momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos.
Se ha dicho que la Astronomía es una experiencia de humildad y construcción del carácter. Quizá no hay mejor demostración de la necedad de los prejuicios humanos que esta imagen distante de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos los unos a los otros de una forma más bondadosa, y de preservar ese punto azul claro, el único hogar que jamás hemos conocido.”
Carl Sagan, “Pale Blue Dot”, 1994